La innovación y los “mayores”: los robots que conversan, la tecnología que cuida y la brecha generacional dentro de la vejez
“Familia, ¿alguien está cerca de la casa de mamá? No la veo en ninguna de las camaritas”. El mensaje de Graciela llega al grupo de WhatsApp y enciende la alarma. Uno de los nietos está en lo de un amigo, enfrente, y pasa. Elena se cayó en el patio, mientras tendía la ropa, y no puede levantarse. Ambulancia, corridas, operación de caderas y una decisión: ya no puede vivir sola. ¿Cuidadora permanente? Ella se niega, y es carísimo. Hasta que alguien sugiere: “¿y si ponemos unos de esos sistemas de pulsera con alarma?”.
Nadie sabe cuánto tiempo pasó realmente hasta que llegó el nieto. Diez minutos, quince, una eternidad. Ni cuánto desde que ella se había caído. En los grupos familiares, el miedo tiene la capacidad de estirar los relojes: cada segundo se vuelve sospechoso, cada minuto una amenaza. Elena, inmóvil en el piso frío del patio, no sabía si alguien iba a llegar alguna vez; Graciela, desde su casa, imaginó escenarios que no quiso decir en voz alta. La familia entera sintió ese vértigo compartido que aparece cuando algo se rompe y todavía no sabemos qué tan grave es.
La inteligencia artificial expandió el mundo de las tareas de cuidado hasta lugares que hace poco solo veíamos en las series americanas. En Grace and Frankie, Jane Fonda camina de madrugada por la casa, tropieza con una alfombra y cae, tendida y sola, esperando que alguien la escuche. Durante años esa secuencia fue apenas un chiste sobre envejecer sin red, pero de pronto se parece demasiado a nuestra realidad: una lámpara inteligente detecta la caída, enciende la luz, avisa al celular de un familiar y activa una llamada de emergencia. No hay épica ni milagro; hay un algoritmo que interpreta un movimiento extraño y decide que alguien debería saberlo. En esa acción mínima algo se reorganiza: la casa deja de ser un territorio solitario para volverse, de pronto, un testigo que cuida.
La tecnología entró en la vejez sin pedir permiso y, como todo aquello que se desliza sin hacer ruido, empezó a ocupar espacios que antes pertenecían a la familia, a la vecina, al vecino que tocaba el timbre cuando veía la persiana demasiado cerrada. A veces lo hace bien; otras, demasiado bien. Pero siempre deja una pregunta latente: ¿hasta dónde queremos delegar?
En la Argentina este desembarco no llega con robots japoneses ni lámparas de tres mil dólares. Llega como llega todo acá: en cuotas pequeñas, creativas, torcidas, nacidas del apuro y de la urgencia. En departamentos de Almagro, en casas bajas de Córdoba o en livings de Rosario aparecen dispositivos que hace cinco años eran ciencia ficción y ahora se encienden como si siempre hubieran estado ahí. Y aparecen también plataformas que organizan salidas, grupos de caminatas o clubes de lectura para mayores de 60, porque envejecer no ocurre solo dentro de la casa: ocurre también en el afuera, en el café, en el teatro, en la vereda donde una quiere seguir siendo parte de algo.
Mientras todo esto sucede, Madrid se prepara para el AgeTech World Congress, el foro internacional donde investigadores, gobiernos y empresas discutirán lo mismo que discutimos acá, pero con presupuestos europeos: cómo cuidar sin vigilar, cómo acompañar sin controlar, cómo usar la tecnología sin convertir la longevidad en un nuevo privilegio. Los pasillos del congreso se llenarán de robots, geriatras, arquitectos de viviendas inteligentes y filósofos del algoritmo. La pregunta de fondo es una sola: ¿cómo vamos a vivir los próximos treinta años extra que nos regaló la medicina?.
Argentina: inventar desde el apuro
Una mujer de 81 años aparece en un video casero que se volvió viral. Está en su casa de Flores, acariciando un pequeño robot llamado Tooly, del tamaño de una pava eléctrica. “A veces habla de más —dice, con el humor seco de las abuelas porteñas—, pero por lo menos la casa no está muda”. Tooly fue creado por una ingeniera argentina: recuerda medicación, detecta largos períodos sin actividad, avisa a familiares. En la escena hay algo íntimo: una mujer mayor que encuentra compañía en un objeto diseñado no para sustituir afecto, sino para sostener las horas largas del día. Esa escena es todo lo contrario al futuro luminoso que prometen los catálogos tecnológicos, pero quizá por eso funciona: es honesta, cercana, real.
Mientras tanto, Ellie Care —en alianza con Samsung y Claro— convierte el celular en un detector de caídas calibrado para adultos mayores. Es un invento profundamente argentino: no se puede comprar una lámpara de tres mil dólares, pero sí se puede convertir un celular en un sistema de alerta. La innovación no nace del lujo: nace de la necesidad.
Azikna Care aporta otro ladrillo al mapa: un reloj que conecta a un equipo médico especializado que responde emergencias en minutos. No es espectacular, pero en un país donde las ambulancias pueden tardar, ese reloj es la diferencia entre un susto y una tragedia. Y AVIA, un desarrollo local interdisciplinario, ya predice fragilidad hasta cuatro años antes de que aparezca. Que la ciencia local produzca esto, en medio del caos, es casi un acto de rebeldía silenciosa.
Y está Ato, el asistente de voz argentino que despertó el interés de Mario Pergolini. Ato no tiene pantalla ni botones: fue creado para un abuelo que nunca logró manejar un smartphone. Se activa con un “Hola, Ato” y ayuda a enviar mensajes, escuchar música, recibir recordatorios o conversar unos minutos. Una mujer de 78 años dijo en televisión: “No me salva de la soledad, pero me ayuda a ordenarla”. Esa frase podría ser la síntesis de toda la AgeTech: no cura lo que duele, pero a veces lo vuelve soportable.
No es lo mismo tener 60 que 90
Uno de los grandes errores al hablar de “los mayores” es imaginar que son una sola cosa. Pero el salto entre tener 60, 75 ó 90 años es tan grande como el que hay entre ser adolescente y ser adulto. Cada generación llega a la inteligencia artificial con una historia distinta y con un cuerpo distinto.
Quienes superan los 90 crecieron sin televisión, sin teléfono, sin electrodomésticos. La digitalización los atravesó como un idioma que nunca pidieron aprender del todo. Aceptan sensores pasivos, relojes que funcionan solos, botones de emergencia. Prefieren dispositivos que no pidan nada: ni interacción, ni interfaces, ni comandos. Muchos siguen escribiendo en cursiva, la mecanografía fue siempre asunto de oficinas, y el control remoto —ese campo de batalla doméstico— jamás fue realmente suyo. Difícil que puedan acostumbrarse a hablarle a una máquina o manejar un miniteclado.
Los boomers, hoy entre los 75 y los 85, son más variopintos. Usan celulares, algunos smartphones, casi todos videollamadas con ayuda. La tecnología debe ser amable, visible, paciente, pero la incorporan. La generación que vio al mundo patas arriba en los sesenta y setenta aprende todo lo que le garantice autonomía. Son pragmáticos por naturaleza: si funciona, sirve. Son la generación de los asistentes de voz, de los recordatorios hablados, de las alertas que no exigen aprender un menú.
La Generación X es la más resiliente. Se adaptó a todo, y seguirá adaptándose. Es curiosa por antonomasia: atravesaba librerías en su juventud con la misma voracidad con la que hoy abre pestañas. Vivió la transición digital. Pasó del fax al email, del dial-up al 4G, del teléfono fijo al WhatsApp. Son quienes usan apps de encuentros como Stitch o Meetup, plataformas como GetSetUp, talleres online de cocina o escritura, actividades grupales guiadas. La IA no es amenaza: es una fase más de la vida. Aprenden rápido, la disfrutan, la integran.
Las tecnologías tampoco apuntan a todos por igual. Las pulseras de detección automática son para los 80+; los asistentes de voz, para los 70+; las plataformas sociales, para los 60–75; y las viviendas inteligentes, para quienes ya están imaginando cómo quieren envejecer dentro de veinte años. La nueva longevidad se juega en esas capas, como un mapa que se superpone en edades y estilos de vida.
La soledad como problema global
Mientras Argentina inventa desde la precariedad, el mundo despliega soluciones que parecen salidas de Black Mirror, pero sin el nihilismo.
El robot ElliQ, en Israel, Japón y Estados Unidos, conversa, propone ejercicios, recuerda turnos, sugiere llamar a alguien. Es como un asistente social que nunca está cansado. En algunos estados se entrega como política pública. La soledad dejó de ser un asunto privado para convertirse en un problema sanitario: es hoy el principal problema de salud mental del mundo. Anticiparse pasó a ser medicina preventiva.
En Nueva York, el gobierno distribuye dispositivos ONSCREEN que convierten el televisor en asistente: Joy pregunta cómo dormiste, compara tu nivel de actividad con días anteriores, recomienda una videollamada. La pantalla donde antes veías The Golden Girls ahora te cuida.
La Nobi Smart Lamp, en Europa, detecta caídas y anticipa comportamientos de riesgo. En residencias redujo drásticamente los casos de personas que quedan horas en el piso. Es inquietante y reconfortante a la vez: una lámpara que piensa. Pero cuesta tres mil dólares. La seguridad, otra vez, cotizada en una moneda que no es la nuestra.
El afuera: encuentros, salidas y comunidad
La vejez no sucede solo dentro de casa. Sucede también en la calle, en la plaza, en el teatro donde una quiere seguir aplaudiendo. Y ahí la IA adopta otro rol: conectar.
Stitch, una plataforma global para mayores de 50, organiza caminatas, cenas, salidas culturales, voluntariado, viajes. Una usuaria de 67 escribió: “No conocía a nadie en mi nueva ciudad. Gracias a Stitch ahora tengo con quién ir al cine”. Esa frase es toda la teoría de la soledad en diez palabras.
Meetup está lleno de grupos de tango, caminatas urbanas, fotografía, lectura, la mayoría sostenidos por mayores que quieren red sin decirlo. GetSetUp ofrece talleres online —cocina, baile, escritura, mindfulness— para quienes no pueden moverse de casa. Papa, en EE.UU., conecta a adultos mayores con acompañantes para hacer mandados o caminar. Amintro crea redes de amistad 55+. Fik@room, en Europa, probó que después de semanas de encuentros virtuales pueden surgir amistades nuevas.
Quizá la pregunta no sea si la tecnología acompaña, sino si ayuda a reconstruir comunidad cuando la vida se vuelve más pequeña.
Un mercado que crece más rápido que las respuestas públicas
La AgeTech mueve más de 30 mil millones de dólares y podría triplicarse en menos de diez años. Japón invierte por necesidad; Europa, por política pública; Estados Unidos, por negocio. América Latina llega con imaginación, pero sin presupuesto. En Madrid, el AgeTech World Congress discutirá lo que acá todavía no está en agenda: cómo regular, cómo garantizar acceso equitativo, cómo evitar que la tecnología profundice la desigualdad, cómo formar cuidadores en un mundo donde los sensores ya decidieron antes que la gente.
En Argentina, mientras tanto, la discusión sucede en otros lugares: en mesas de luz, en relojes inteligentes, en celulares que se convierten en alarmas, en apps que organizan caminatas. Es el país real intentando sostener a su población mayor sin Estado moderno y sin mercado generoso.
Lo que la tecnología puede y lo que nunca podrá
La IA puede avisar de una caída, recordar medicación, sugerir llamados, prevenir riesgos, ordenar rutinas, habilitar encuentros, ofrecer presencia simulada. Pero hay una zona que no toca: la intimidad emocional. La lámpara que avisa no levanta a nadie; el robot que conversa no abraza; la app que organiza salidas no garantiza que alguien te espere; el asistente que pregunta cómo dormiste no puede entender por qué no dormiste.
La IA sostiene, pero el cuidado real ocurre en otra parte: en la comunidad, en la red humana que decide prestar atención. Tal vez la nueva longevidad se trate justamente de eso: de combinar tecnología con vínculos, algoritmos con afectos, alertas digitales con manos de verdad. Porque la vida larga no se garantiza con sensores, sino con compañía. La tecnología puede avisar, pero la puerta siempre la abre una persona.
La pregunta no es si la tecnología nos va a acompañar; la pregunta es quién atiende del otro lado cuando esa alarma suena. Quien corre hasta la casa, golpea la puerta, abraza. La comunidad emocional sigue siendo analógica y el afecto no se construye con prompts. La tecnología seguirá avanzando para facilitarnos la vida y dejarnos más tiempo y más espacio para el amor y la buena compañía.











