En busca del sueño brasileño: argentinos que cruzan el Uruguay en busca de un futuro que su país les niega
La frontera vuelve a ser noticia, pero esta vez no por el turismo o el contrabando sino por la migración de argentinos que cruzan a Brasil a buscar las oportunidades laborales que no encuentran en Argentina. No es una práctica nueva, pero sí una que viene en franco crecimiento desde la segunda mitad del año pasado. Con la idea de contar las historias de los migrantes y revelar los mecanismos que mantienen activo el flujo de trabajadores, viajamos a Porto Maua, uno de los puntos más calientes de la migración laboral.
Llegamos a Alba Posse, la vecina argentina de Porto Mauá ubicada a unos 150 kilómetros de Posadas minutos después de las 7:30 del viernes, media hora antes de la llegada de la primera balsa del día. Unas cien personas a pie y una veintena de vehículos ya esperan su turno para cruzar, los que están en los autos son casi todos turistas, los demás van a trabajar.
Algunos van livianos de equipaje, son los que trabajan en algún comercio (loja) y volverán a territorio argentino al finalizar su jornada, pero la mayoría lleva bolsos grandes, los espera una estadía de al menos un mes en alguna fazenda de Rio Grande do Sul donde trabajarán en la cosecha de uvas o duraznos, también hay albañiles, profesión muy requerida en todo el sur brasileño.
Con la primera balsa de la mañana llegan los que vuelven. Se los ve contentos y están dispuestos a hablar, pero no quieren ser filmados, algunos temen a los haters de las redes sociales y otros no quieren que se sepa que vienen con plata. Entre ellos está Gonzalo, tendrá unos 25 años y vive en Santa Rita, habla en fluido portuñol y lleva con orgullo la 10 del Inter de Porto Alegre.
Nos cuenta que llegó la noche anterior a Porto Maua, después de un viaje de unas nueve horas desde Caxias, a más de 500 kilómetros de la frontera. Allí trabajó en la cosecha de uvas durante 30 días, “laburamos de 10 a 12 horas por día, allá te dan todo, comida, casa y te pagan el traslado. Depende cómo trabajes podés ganar un millón o millón y medio por mes, pero la plata te queda limpia, porque no gastás nada”, explica.
Gonzalo vuelve con otros cuatro, dos de Santa Rita y dos de Oberá, todos trabajaron alguna vez en la tarefa de yerba a la que ya no quieren volver. “En Brasil te pagan mejor y si trabajás bien, ellos te tratan bien, te dan comida buena, no es como acá que te tenés que arreglar como puedas o a lo sumo te tiran una bolsa de harina para reviro. Hasta agua caliente y wifi nos dan en Brasil”, acota Alejandro, uno de los obereños.
Pasos clandestinos y punteros
Ni bien conseguimos abordar la balsa, nos llama la atención una canoa a motor (un caíco según el léxico local) que también cruza hacia Brasil, a unos 100 metros aguas arriba de la ruta que repite la balsa. La modesta embarcación lleva a ocho personas, todos con su respectivo equipaje, y los deja en la costa a unos 200 metros del puerto en el que atracan la balsa y la lancha que prestan el servicio “oficial”.
Después de cumplir con los trámites migratorios salimos a buscar el improvisado desembarcadero, que da a un pique que remonta la barranca del Uruguay y desemboca en plena costanera de Porto Mauá. En ese lugar encontramos a tres personas, dos brasileros y un joven de Panambí que descansa en una hamaca paraguaya.
Primero nos dice que es “pasero”, que lo suyo es llevar y traer mercaderías, pero después de un rato de charla, nos confiesa que su principal actividad consiste en reclutar gente en Argentina para llevarla a trabajar a la cosecha en Brasil, es lo que se conoce en la zona como “puntero”.
Pide no ser identificado, sabe que lo suyo transcurre en una zona gris entre lo legar y lo ilegal, y no quiere más problemas de los que ya tiene. Cuenta que viajó dos veces a cosechar uvas y duraznos a la zona de Caxias, allí hizo buenos contactos con “patrones” de la zona, siempre necesitados de mano de obra.
“Por pedidos de los patrones brasileros salí a buscar gente que conocía, que yo sabía que eran gente de chacra, para ofrecerles trabajar en Brasil. Como les fue bien, se corrió la voz y un montón de gente me empezó a mandar mensajes queriendo ir y ahora solamente me dedico a esto, a mandar gente para allá”, dijo.
Nos explica que la gente que cruza “por el pique”, en la canoa que vimos cercad en la balsa, lo hace generalmente porque tiene algún problema con la autoridad migratoria brasileña. Dice que los que cruzan “en blanco” ingresan a Brasil con visa de turista, lo que los habilita a estar 90 días en territorio extranjero so pena de multa y a los que alguna vez incumplieron ese requisito ahora no les queda otra que entrar sin “hacer los papeles”.
Asegura que la mayoría de los que van a cosechar vuelven conformes y que por eso cada vez es mayor la cantidad de argentinos que buscan trabajar en Brasil, “por eso y por la tremenda púa que hay del lado Argentino”, completa.
Aclara empero que el trabajo de la cosecha no es para cualquiera, “los que son de la colonia, que están acostumbrados al trabajo en la chacra nunca tienen problemas, los que pierden son los que vienen de la ciudad. Algunos llegan hasta de Buenos Aires, están desesperados por ganar plata pero no aguantan el trabajo. Entonces se van a los pocos días de llegar a la fazenda o el patrón los echa porque no saben trabajar y la plata que cobran por esos pocos días no les alcanza ni para el pasaje”.
Los punteros no solo tienen contacto con los propietarios de las plantaciones que contratan a los operarios, también están conectados con las empresas de transporte que llevan a los trabajadores desde algún punto de la frontera hasta las plantaciones.
Lejos de estar “mal visto”, el trabajo de los punteros es valorado, tanto por los empresarios y productores que contratan a los argentinos cuanto por las autoridades municipales de Porto Maua. Es que el servicio que prestan estos intermediarios evita que los migrantes lleguen sin un plan definido.
Desde la prefeitura de la ciudad fronteriza afirman que el principal problema para ellos son los argentinos que llegan a la ciudad sin haber efectuado ningún contacto previo y sin recursos para sostenerse hasta conseguir un empleo. Relatan que usualmente llegan familias enteras que se quedan viviendo en la calle y que el municipio no tiene herramientas para contenerlas, por eso valoran la tarea de los punteros.
De qué trabajan y cuánto cobran
Lo primero que nos llama la atención cuando recorremos la zona comercial de Porto Maua es que la mayoría de los locales busca personal. Hablamos con los comerciantes y nos dicen que la demanda de mano de obra insatisfecha se extiende a la mayoría de las ciudades de Rio Grande do Sul y se repite en casi todas las actividades.
Ensayan diferentes explicaciones para esta necesidad de trabajadores, unos lo atribuyen a un crecimiento de la economía que va más rápido que el aumento de la población y otros agregan que los movimientos migratorios internos están vaciando de jóvenes, que eligen vivir en las grandes ciudades.
“Como el pueblo está generando mucho turismo, entonces tenemos bastante movimiento en el comercio, gracias a Dios, y con eso necesitamos personal para laburar. Entonces, menos mal que estamos con el país vecino al lado y estamos teniendo oportunidades de trabajo para la gente”, señala Ayrton Bertol, integrante de la cámara de comercio local.
Bertol adhiere también a la teoría de la migración interna. “Los brasileros no sé dónde fueron, no están por acá, están en las grandes capitales, no sé dónde están, porque los necesitamos, nuestra región generó muchos puestos de trabajo, a través del agro desarrolló muchos nuevos trabajos que no teníamos y también la parte de informática. Nosotros siempre buscamos mejorar y tenemos más, necesitamos tener más colaboradores”, dice.
La demanda laboral es variada, pero la gran mayoría de los argentinos llega para cubrir puestos en tres actividades: agro, comercio y construcción.
Los más buscados y los que mejor ganan son los albañiles, especialmente aquellos que dominan algún aspecto específico de esa profesión como los que hacen estructuras en Durlock, soldadores o quienes se especializan en la construcción de techos. Los electricistas de obra también cotizan alto.
Alberto es de Oberá, trabaja como albañil y es la tercera vez que incursiona en Brasil. Está muy conforme con la paga que recibe y con las condiciones laborales, al punto que proyecta instalarse con su familia en suelo brasileño.
Lo encontramos saliendo de la Receita Federal de Porto Mauá cuando terminaba de tramitar su CPF, un registro que permite tener una cuenta bancaria y cobrar con Pix. Todavía es de mañana, a la tarde se subirá a un colectivo con destino a Passo Fundo, un polo productivo en franco crecimiento a medio camino entre la frontera y las playas.
Proyecta trabajar 30 días allí, luego volver a su casa en Misiones, donde se tomará una semana de descanso para volver a suelo gaúcho.
Asegura que “de este lado” (Brasil) se gana mucho más que en Argentina. “Un albañil cobra un millón y medio por quincena y tiene todos los gastos cubiertos. Te dan casa y comida y volvés con toda la plata encima”, explica.
Además del sueldo, Alberto destaca que en Brasil sí se respeta la jornada laboral. “Acá nunca te piden que trabajes más de 8 horas, empezás temprano y a las 2 de la tarde ya estás libre”
Sandro es de Alem, es la segunda vez que traspone el Uruguay en búsqueda de trabajo, la primera vez se empleó en la cosecha del durazno, pero ahora forjó vínculos para trabajar en la construcción. “Se gana el doble que en la cosecha y se trabaja menos tiempo”, resumió.
No proyecta mudarse a Brasil, está convencido que la clave pasa por cobrar en reales y pagar en pesos. “La plata de ellos rinde en Argentina”, sentencia.
Jorge Alberto Malisca, oriundo de Posadas, viaja desde hace varios meses para trabajar en cosechas frutícolas en la región de Caxias do Sul. “Allá no hay plata y conseguir trabajo es difícil. Acá tenés que trabajar fuerte, diez u once horas, pero te atienden bien y te rinde”, explica.
El sistema funciona de manera circular: trabaja durante la temporada, ahorra y vuelve a Argentina para ver a su familia y pagar cuentas antes de regresar nuevamente. Según relata, con vivienda y comida cubiertas puede ahorrar el equivalente a un millón de pesos por mes. “A nadie le gustaría salir del país, pero no queda otra”, admite.
Al igual que los demás, describe condiciones laborales que incluyen alojamiento, alimentación y servicios básicos. “Vos solo tenés que ir a trabajar”, señala, aunque advierte sobre los riesgos de cruzar sin contactos previos. “Hay gente que viene con promesas y queda varada”.
Esa advertencia aparece repetidamente entre los trabajadores. Si bien la mayoría relata experiencias positivas, coinciden en que el crecimiento del fenómeno también generó casos de personas que llegan sin empleo asegurado y atraviesan situaciones difíciles durante los primeros días.
Evelyn, también oriunda de Santa Rita, se mudó hace un año tras no encontrar en Argentina oportunidades laborales acordes a su formación. “Dicen que somos el futuro, pero ¿qué futuro tenemos si no hay trabajo?”, plantea. Hoy vive en Brasil, cuenta con documentación regularizada y proyecta abrir su propio negocio. “Acá es otra vida, te dan posibilidades”, afirma.
El contraste entre ambos países aparece de manera constante en los testimonios. Jornadas laborales más cortas en algunos rubros, beneficios adicionales y salarios que rinden más. El mito de Argentina como tierra de bonanza para la clase trabajadora está en seria discusión.
Los empleados de comercio son los que menos cobran, entre 2.000 y 3.000 reales por mes (de 600.000 a 900.000 pesos) dependiendo de la función que cumplan y la empresa en la que se desempeñen.
Violeta Bogado llegó desde Buenos Aires y se instaló primero en Santa Rita, Misiones y ahora trabaja en una ropería en Porto Mauá. La decisión de cruzar surgió casi como una prueba, pero rápidamente se transformó en un cambio de vida. “En Argentina estamos pasando bastante mal y se me dio la oportunidad de venir para acá. Tengo un buen salario, comida incluida y fines de semana libres”, cuenta. Afirma que consiguió empleo en atención al público prácticamente al día siguiente de llegar.
Estadísticas difusas
Uno de los objetivos del presente informe era responder con estadística dura a algunas de las preguntas que giran en torno a este fenómeno de migración laboral de Argentina a Brasil y su real dimensión en números, pero nadie parece tener la fórmula para responderla.
Funcionarios de Migraciones de Argentina y de la Policía Federal de Brasil informan que el flujo migratorio registró un aumento moderado respecto al año pasado, pero reconocen que ese dato no alcanza para conocer cómo varió la migración por motivos laborales, porque el que cruza para trabajar y el que lo hace por turismo hacen el mismo trámite y a los efectos estadísticos no hay manera de diferenciarlos.
En ambas cabeceras observan casi todos los que cruzaron el verano pasado lo hicieron en plan de vacaciones, mientras que en los últimos meses se nota una proporción mucho mayor de personas que cruzan por trabajo, pero como hacen el mismo trámite resulta imposible tener números exactos.
En la Policía federal de Brasil nos explican que para ingresar al país vecino para trabajar, lo correspondería es iniciar el trámite de residencia, pero es ínfimo el número de personas que lo hacen. La diferencia es que los residentes pueden permanecer en Brasil el tiempo que quieran, mientras que los que ingresan con visa de turista deben salir del país antes de que se cumplan 90 días.
Quienes se quedan más tiempo son penados con una multa y no pueden volver a ingresar hasta cumplir con esa sanción.
Desde la Federal señalaron que es cada vez mayor el número de personas que infringe la limitación en el tiempo máximo de permanencia y cuando vuelven a ingresar al vecino país lo hacen sin registrar su llegada.
Eso dificulta todavía más la estadística, porque los que llegan en caico y entran por el pique no figuran en ningún registro.
Es algo que ocurre frente a las narices de las autoridades argentinas y brasileñas, pero nadie hace nada al respecto, es un ilegalismo tolerado. Sin embargo los policías brasileños remarcan que quienes ingresan sin ningún tipo de registro, permanecen en una situación de vulnerabilidad, porque ante cualquier eventualidad o denuncia, la policía está obligada a deportarlos.
Fuente: MisionesOnLine










