11 agosto, 2026

Informe 3 – Noticias de Valle María y la Región

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El 78% de los hogares argentinos se ubica en la clase baja y media baja: cuánto hay que ganar para pertenecer a cada segmento

El 78% de los hogares argentinos se encuentra dentro de los segmentos de clase baja y media baja, mientras que apenas el 5% integra el nivel socioeconómico más alto. La distribución refleja una marcada desigualdad en los ingresos de las familias y ayuda a explicar las dificultades que atraviesa el consumo masivo.

Durante el primer trimestre de 2026, el ingreso promedio de los hogares argentinos alcanzó los $2.800.000 mensuales netos. Sin embargo, la mayoría de las familias se encuentra por debajo de ese valor.

La estructura de ingresos muestra una fuerte concentración en los sectores de menores recursos. En el extremo superior se encuentra el segmento ABC1, que representa aproximadamente al 5% de los hogares y requiere ingresos mensuales de al menos $7,5 millones.

A continuación aparece la clase media alta (C2), que reúne al 17% de los hogares. Para ingresar en este segmento se necesitan ingresos de aproximadamente $4 millones mensuales.

La clase media baja (C3) representa otro 26% y establece su piso de ingresos en torno a los $2,2 millones.

El grupo más numeroso corresponde al segmento D1, identificado como clase baja superior o no pobre. Representa al 31% de los hogares y requiere ingresos mínimos cercanos a $1,4 millones mensuales.

Finalmente, el nivel de mayor vulnerabilidad concentra al 21% de los hogares, con ingresos estimados en alrededor de $900.000 mensuales.

Un consumo cada vez más condicionado

La concentración de los ingresos por debajo del promedio constituye uno de los principales factores para comprender por qué el consumo masivo continúa mostrando dificultades, pese a la desaceleración de la inflación y a cierta recuperación de los salarios reales.

Los hogares de menores y medianos ingresos son, además, los que presentan una mayor propensión al consumo, por lo que cualquier modificación en su poder adquisitivo tiene un impacto directo sobre las ventas de productos y servicios.

El ajuste alcanza a prácticamente todos los niveles socioeconómicos. En los hogares de mayor poder adquisitivo, las estrategias pasan por controlar los gastos, reducir el uso de determinados servicios y revisar costos fijos como seguros y empresas de medicina prepaga.

También se reducen las salidas, los recitales, los viajes y las suscripciones a plataformas digitales. Al mismo tiempo, las promociones y ofertas adquieren un papel cada vez más importante a la hora de decidir una compra.

En estos sectores también se observa una menor capacidad de ahorro y una mayor necesidad de revisar los gastos mensuales.

Las familias priorizan los gastos esenciales

En los hogares de ingresos medios y bajos, el presupuesto se concentra principalmente en alimentación, impuestos y otros gastos esenciales. El objetivo es evitar, dentro de lo posible, recurrir al endeudamiento mediante tarjetas de crédito.

Los viajes, las salidas y los espectáculos pasan a un segundo plano, mientras que los llamados gastos no esenciales son postergados.

Las promociones dejan de ser una alternativa ocasional y pasan a formar parte de la estrategia habitual para poder sostener el consumo cotidiano.

En los hogares más vulnerables, la situación es todavía más compleja. Los gastos imprevistos pueden alterar por completo la economía familiar y obligar a recurrir al crédito o a nuevas deudas para cubrir necesidades básicas.

Las compras se concentran casi exclusivamente en productos con descuentos y ofertas, mientras que aumenta la utilización del financiamiento para afrontar los gastos que no pueden ser cubiertos con los ingresos del mes.

Cambios en la alimentación

La pérdida de poder adquisitivo también modifica los hábitos alimentarios de las familias con menores recursos.

En los casos más críticos, se reduce la cantidad y calidad de los alimentos consumidos. La carne vacuna es reemplazada en muchos hogares por pollo, mientras que algunos productos frescos son sustituidos por alternativas de menor precio.

También se observa una mayor utilización de productos como harina y leche en polvo, que permiten reducir el costo de la alimentación diaria.

El escenario muestra cómo la situación económica no solamente afecta la cantidad de productos adquiridos, sino también la composición de la canasta familiar.

Un consumidor más selectivo

El comportamiento de los consumidores también se modifica frente al nuevo escenario. Las familias analizan con mayor detenimiento dónde comprar y qué productos incorporar a la canasta.

Los comercios de cercanía ganan protagonismo, no solamente por comodidad, sino también porque permiten realizar compras más acotadas y evitar adquisiciones impulsivas.

La búsqueda de promociones, descuentos y precios más convenientes se convirtió en una herramienta habitual para administrar el presupuesto familiar.

Qué puede pasar con el consumo

Las perspectivas para los próximos meses estarán estrechamente vinculadas con la evolución de la inflación y de los salarios.

Si la inflación mantiene su tendencia descendente y los ingresos reales continúan recuperándose, el consumo masivo podría acompañar la evolución de la economía y del Producto Bruto Interno (PBI).

Sin embargo, las estimaciones plantean que esa recuperación podría darse a un ritmo más lento. En ese escenario, el consumo masivo podría ubicarse dentro de una banda cercana a -1% y +1%.

El dato central es que, pese a la mejora de algunas variables macroeconómicas, casi ocho de cada diez hogares argentinos continúan perteneciendo a segmentos de ingresos bajos o medios bajos, una realidad que condiciona directamente sus decisiones de consumo.